28 de abril de 2011

Hessel y los valencianos

El acontecimiento literario del año en Francia ha sido la aparición de un opúsculo vibrante, como si estuviese escrito con el corazón. El pequeño libro, titulado Indignez-vous (Indignaos), consiste en un alegato de Stéphane Hessel, un viejo y sabio diplomático francés comprometido toda su vida con su país. Hessel tiene 93 años. La edad del autor resalta por el verbo apasionado que emplea, con el que no duda en golpear la conciencia conformista de los jóvenes.

Hessel, en su obra, de la que en tres meses escasos ha vendido más de millón y medio de ejemplares, reclama los valores de la Resistencia, plenos de una vitalidad que contrasta con la indiferencia o la apatía de muchos ciudadanos actuales, ante los atropellos o las injusticias. En el texto, en el que plasma su compromiso vital, afirma su anhelo de "velar todos juntos para que nuestra sociedad siga siendo una sociedad de la que estemos orgullosos".
 

Lo compré en el bulevar Saint Michel de París, enfrente de los Jardines de Luxemburgo. Sentí intensa emoción al hacerlo. No pude resistir la tentación de comprar varias copias y, a modo de regalo, difundir sus ideas. A la salida de la librería pensé en mi tierra valenciana. Pensé en las numerosas razones que tienen los valencianos para indignarse. En mi interior se juntaron sentimientos y un impacto íntimo, una llamada a la conciencia. El motivo de la resistencia, dice el autor, es la indignación. La indignación emana de una voluntad de compromiso. "Os deseo a todos que tengáis vuestro motivo de indignación", proclama con solemnidad.

La llamada que realiza el libro es una reivindicación de los valores eternos. La instauración de una verdadera democracia económica y social. Hessel se indigna porque la distancia entre el poder adquisitivo de los ricos y los pobres jamás ha sido tan grande. "El justo reparto de las riquezas creadas por el mundo del trabajo", dice, debe primar sobre "el poder del dinero". Hessel pasa revista a la disponibilidad de los recursos energéticos, a la garantía que deben tener los ciudadanos de suficientes medios de subsistencia, al derecho a una instrucción más elevada, y concluye que el salario ha de ser la base de los derechos sociales.

Tras su lectura, no es difícil sentir el espíritu imbuido de la idea de que la peor de las actitudes es la indiferencia. Que es necesaria una reivindicación del optimismo, que quizá esta sea la hora de la insurrección pacífica, y quien busca motivos para indignarse los encontrará.

Soy valenciano por los 16 costados, al modo que decía Unamuno en una carta a Cándamo en 1900 sobre su condición de vasco, y siento a mi pueblo a través de todos mis poros. Así ha sido siempre en mi vida, y por eso me pregunto ahora: ¿cómo es posible el silencio resignado de un pueblo del que antes, en la adolescencia y la juventud, presumía ante mis amigos? De su historia me sentía orgulloso, y no había conversación en la que no hallase motivos para destacar mi origen. Ahora, frecuentemente, me callo. ¡La mansedumbre! ¡La docilidad! ¿Por qué esta conformidad ante las tropelías? ¿A qué viene esta resignación, que acepta los males como inevitables? ¿Es ello propio de los "valencianos de alegría", como nos llamaba Miguel Hernández en Vientos del pueblo?

La mala imagen que se percibe fuera de lo que acontece en la sociedad valenciana es constante. Noticias de corrupciones cotidianas. Escándalos que ocurren casi a diario. Personajes oscuros, negocios inconfesables, tramas indecentes de intereses. Ante ello, una gran parte de nuestro pueblo acepta el panorama como si fuese definitivo. Muchos miran hacia otro lado. ¿Tan baja es nuestra autoestima? Parece como si estuviésemos en el paraíso de la ignominia.

¿Por qué? ¿A cambio de qué este silencio? Los datos por los que se mide la situación de la sociedad y el estado de la economía no justifican ningún tipo de complicidad. El paro en la sociedad valenciana es superior a la media española, y la comparación evoluciona a peor. El nivel de formación es inferior. En valores relativos, la renta per cápita de los valencianos empeora. Parece como si fuésemos un pueblo insustancial, sin alma, al que nada le duele y todo le resbala. En pocos lugares, en pocas sociedades, podría tener tanta validez el alegato de Hessel como en nuestra amada tierra valenciana. Es como si estuviese hecho a propósito para los valencianos.

Indignarse es el primer paso que hay que dar para creer en un pueblo como proyecto colectivo, para avanzar por el camino que nos permita llegar a sentirnos orgullosos de cómo somos. Es la hora de la indignación para los valencianos. Indignación, sí; pasividad, no. Acaso sea también la hora de la insurrección pacífica, pues no somos un pueblo derrotado. Cierto es que de tanto conmemorar derrotas nos hemos acostumbrado a tenerlas permanentemente en la retina.

El valenciano es un pueblo con muchas virtudes. Ama la vida, es innovador, el arte y la música le definen. Le gusta viajar, es vitalista. Es festivo. Es laborioso. Es creativo. Por ello, y por otras muchas más razones, ha de ser consciente de sus valores, ufanarse de ellos y reivindicarlos permanentemente. Fuster le dio un proyecto de futuro, su pensamiento lo vertebraba; pero, si no es ese, que sea otro, pero que sea uno. Durante siglos el valenciano fue un pueblo de resistentes. ¿Qué complejo esconde ahora para no seguir siéndolo? Debe levantar ya la voz, y decir basta.

Valencianos: indignaos.



Francesc Michavila, catedrático de Matemática Aplicada y director de la Cátedra Unesco de Gestión y Política Universitaria de la Universidad Politécnica de Madrid.

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